La cabeza me despega, amigos. No sé cómo ni por qué en este momento de mi travesia galáctica estoy conociendo gente que procede de la Física. Yo me digo que es como cuando conoces a muchos Aries de repente, ¿no? Digo... "es que estoy en un momento muy Aries" o algo, sea lo que sea que semejante cosa quiera decir. Bien, pues se conoce que estoy en trance de estas cosas. Todo empezó con el recurrente goteo del trabajo de campo con las amistades New Age: que si el sonido de los cuencos tibetanos masajea las células, que si los viajes chamánicos se explican por la física cuántica, que si el más allá es no sé qué dimensión del hiperespacio, que si en mi vida anterior fui Cleopatra, que si yo era Carlo Magno... y así una larga colección de imponderables místicos convertidos al lenguaje de la fisión nuclear y los universos paralelos.
Uno de los rasgos característicos de la investigación sobre religiones y espiritualidad es que te enfrenta muchas veces a la consideración personal de realidades y explicaciones insólitos. En realidad creo que es lo que más me gusta de esto, porque es francamente estimulante, pero también se sufre: ¿te imaginas que exista una posibilidad matemáticamente demostrable de que haya sido Carlo Magno en una vida anterior? Aunque lo que de verdad me preguntaba era qué tiene que ver el hiperespacio con el mal de ojo, la curia romana con los universos paralelos o los ritos de paso con las partículas subatómicas. Y cualesquiera de estas cosas que acabo de mencionar tienen lo suyo de rollo insólito que te cagas.
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Atención a la primera fila: molécula de agua antes y después de la oración...
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